miércoles, 22 de mayo de 2013

Marcando territorio: Sergio Goycoechea


Estar en el lugar adecuado en el momento más oportuno (o a veces, todo lo contrario) es una de las fórmulas mágicas para convertirse en un héroe. El argentino Sergio Goycoechea puede atestiguarlo en primera persona. En 1990, en el Mundial de Italia, el puesto bajo los palos le correspondía a Nery Pumpido. El entonces portero del Betis ya se había proclamado campeón del mundo en 1986 con la albiceleste y, a pesar de un grave percance sufrido en 1987, partía de nuevo como titular para su seleccionador, Carlos Bilardo. La derrota por 1-0 ante la sorprendente Camerún de Roger Milla fue, quizás, el primer mal presagio para Pumpido. Ante lo que era entonces aún la Unión Soviética, esas malas sensaciones acabaron por cumplirse. En un choque con uno de sus propios defensas, se rompió la pierna. El Mundial se había acabado para él. Para Goycoechea, en cambio, se abría una oportunidad única. Sus actuaciones, al fin y al cabo, fueron determinantes para que Argentina llegara a la final, aunque lo que era aún en 1990 la República Federal de Alemania acabara llevándose finalmente el título.

Nacido en Lima, Buenos Aires, el 17 de octubre de 1963, la suya es otra historia de todo un trotamundos del fútbol. Jugó para 12 clubes diferentes. Incluso, con una brevísima incursión en Europa, a la estela de sus éxitos en el Mundial de Italia, en las filas del Brest Francés. La mayoría de su carrera se desarrolló en su Argentina natal: el Lima Football Club, el Club Atlético Defensores Unidos (no me negarán que el nombre del equipo resulta ideal para un portero, ¿verdad?), el River Plate, en dos etapas, el Racing de Avellaneda, el Mandiyú, el Vélez Sarsfield y el Newell's Old Boys, club en el que colgó los guantes, en 1999, y en el que Messi asegura que le gustaría jugar antes de retirarse, dentro de muchos años, lo vieron bajo los palos. También se encargó de defender el marco de Millonarios de Bogotá, en Colombia, o de los paraguayos Cerro Porteña y Olimpia. En cuanto a títulos, ganó dos ligas, una Copa Libertadores, una Copa Intercontinental y una Copa Interamericana con River, así como una liga con Millonarios.

A nivel de selección, además del subcampeonato del mundo con Argentina en 1990, sumó, entre otros títulos, dos trofeos de la Copa América y una Copa Confederaciones. Todo parecía indicar que en Estados Unidos, en 1994, se encargaría de nuevo de defender la portería de su selección para intentar un nuevo asalto al título. Pero no. Un contundente 5-0 encajado ante Colombia lo llevó a caer en desgracia. En la primera copa del mundo de fútbol que se disputaba en territorio yankee, el portero titular acabaría siendo Luis Islas. Aunque, por desgracia para los aficionados argentinos, todo el protagonismo de la albiceleste en ese torneo se lo llevaría Diego Armando Maradona, y no precisamente por sus enormes dotes futbolísticas. Pocos días después de celebrar el que fue su último gol con su selección, dio positivo en un control antidopaje y fue expulsado del torneo, por mucho de que el gran astro argentino tratara de justificar la presencia de varias sustancias prohibidas en su organismo con la toma de un medicamento para la gripe.

En 1986, Maradona fue decisivo para Argentina. En 1990, en cambio, gran parte de las opciones de la albiceleste para revalidar el título pasaron por las manos de Goycoechea y su gran especialidad: tenía un don  a la hora de enfrentarse a los delanteros en los penaltis. Realizó una gran actuación ante Yugoslavia en cuartos de final y repitió en semifinales, frente a la anfitriona, Italia. Evitó que Donadoni y Serena marcaran y bien a punto estuvo de hacer lo propio con Baggio. En la final, ante Alemania, a punto estuvo de quitarle el tanto de la gloria a Brehme, quien lanzó un tiro ajustadísimo, sabedor del habitual buen desempeño del meta en esas lides. Lo que no sabía, seguro, era el particular ritual que empleaba el arquero, según ha llegado a confesar él mismo. Por así decirlo, liberaba la vejiga en pleno partido. Eso sí, con la complicidad de todos sus compañeros. Vamos, que se enfrentaba a los penaltis marcando territorio, de la manera más animal posible. Y, aunque fuera una costumbre un tanto extraña, hay que admitir que, por lo menos algunas veces, le dio resultado.

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